No sé por qué íbamos a esperar que los olmos dieran peras y Pedro Sánchez diera empatía, autocrítica, honestidad. Ya ni siquiera da vergüenza, porque la vergüenza no deja de ser un atributo tan humano como los demás. Y el presidente de las primeras veces es también el primer androide que gobierna España.
«Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco, y ese era todo su patrimonio». Estará de acuerdo Arturo Pérez-Reverte en que este, el de Scaramouche, es uno de los mejores arranques de la historia de la literatura. Solo un talento fastuoso o uno de esos instantes de gracia que las avaras musas no prodigan permiten a un escritor capturar la mente de varias generaciones con la primera frase. Reverte lo sabe bien porque a mediados de los 90 él también experimentó el divino soplo.
La plaza de los Reyes, en el corazón urbano de Ceuta, está presidida por un arco labrado en piedra jaspeada que presenta dos hornacinas: una para la estatua de san Fernando y otra para la de san Hermenegildo. Son reyes, son santos y son patronos castrenses. El monumento no reúne por casualidad a las tres instituciones -Corona, Iglesia y Ejército- que forjaron la identidad histórica de la nación (en realidad, de casi cualquier nación europea), sino que materializa toda una declaración de intenciones desde un enclave africano asomado a dos mares. «Esto es España», grita la piedra.
A las nueve menos diez de la mañana un hombre de 73 años irrumpe con paso tranquilo en el salón de actos del centro de mayores de Ceuta, desde donde se emite el programa que inaugura la temporada radiofónica. La fisonomía del recién llegado no arrancaría murmullos de incredulidad en un gimnasio, ni silenciaría a priori un bullicioso parlamento, ni estremecería las alfombras del Foro de Davos. Nuestro hombre es bajito, usa gafas previas a la moda del carey, se mueve con la circunspección del paisano sin asesores y cultiva un bigote canoso que dejó de verse en la vida pública allá por los albores de la posguerra mundial.
Como yo siempre digo, no te preguntes qué puedes hacer por tu país sino qué será de tu país cuando alguien como yo no lo gobierne. No dejo de darle vueltas ahora que acaba agosto y el mar se pone melancólico. Algunas personas, sobre todo fascistas, piensan que tengo apego al cargo; sus seudomedios no paran de repetir que soy capaz de cualquier cosa con tal de mantenerme en Moncloa. Están muy equivocados. Soy un hombre de principios, no de finales. Hay muchas cosas que no estoy dispuesto a hacer, pero todas ellas se resumen en una: no estoy dispuesto a dimitir y convocar elecciones.
El presidente ha empezado a aburrirse de unas vacaciones tan largas. Pensó que tantas semanas seguidas de descanso en el palacete canario del rey Hussein eran exactamente lo que su matrimonio y su persona -no necesariamente por este orden- precisaban para mitigar los sinsabores del curso político y reponer fuerzas con vistas al padre de todos los otoños calientes. Pero agosto arrastra despacio sus horas sin relieve, cortas de emoción, escasas de desafíos a la altura de su carisma.
El presidente del Gobierno lleva ya unos días de descanso en La Mareta y el suave ritmo canario empieza a tomar el control de su cuerpo. De su alma también lo tomaría, en caso de tenerla. Su mandíbula ha dejado de considerarse zona tensionada, como habría sucedido en cualquier capital si la ley de vivienda funcionara. No recuerda ya el último día que se puso una corbata, acaso la manera más cómoda de luchar contra el cambio climático. Cada mañana se hace unos largos en la piscina dejando la mente completamente en blanco, técnica que aprendió de Patxi López. Cada tarde prueba un vino nuevo de La Geria: le gusta el malvasía frío y seco, como son sus mensajes de Whatsapp desde que Marruecos le clonó el teléfono. Y cada noche se pone un par de capítulos de alguna de sus series favoritas, todas de intriga política: House of Cards, Baron Noir y Vota Juan.
Esta vez el presidente se ha propuesto disfrutar de La Mareta como nunca. Ha sido un curso político muy duro. Han condenado a su fiscal, a su hermano y a algún otro gran desconocido para él. Han procesado a su esposa e imputado a su faro moral, que no es precisamente su esposa sino Zapatero. El fascismo avanza por todas partes, reflexiona el último líder del progresismo europeo y buena parte del americano; razón de más para apurar cinco semanas de ocio reparador en el coqueto palacio que Hussein de Jordania regaló a Juan Carlos I. «En septiembre volveré como nuevo para plantar cara al golpismo judicial, mediático y político. Queda mucho partido», piensa Pedro Sánchez.