
Dicen que esta sensación durará poco. La unidad, el desenfadado patriotismo, la alegría que se filtra por las grietas del muro que levantan diariamente para dividirnos. España como un puño apretado que se agita espontáneamente en Bilbao y en Sevilla, en Sabadell y en Toledo, en Tenerife y en Orense. Las pantallas gigantes -por eso las temen los nacionalistas hispanófobos- han funcionado como un dispositivo cívico y político, más que tecnológico: toda la estéril especulación de España como problema, el famoso concepto discutido y discutible de nación queda resuelto cuando el pueblo se reúne a gozar y sufrir sin intermediarios con los jugadores que lo representan. Pero es verdad que esas pantallas ahora serán desmontadas. Y dados los antecedentes es legítimo preguntarse si tantas hermosas imágenes de felicidad compartida son flores del día del triunfo que han de secarse mañana. ¿Cambió algo la primera estrella, bordada en 2010? ¿Cambiará algo la segunda, 16 años después?













